Cuarentena de Sombras – IV

19 de Marzo de 2020

10:05 horas

José no había podido pegar ojo esa noche. No quiso decir nada del asunto del RITI a Ava ni Alex, no quería preocuparles por algo que podría haber sido una simple corriente de aire, pero no entendía de donde podría venir aquella corriente de aire si esa puerta solo daba acceso a una puerta de comunicaciones…

Habían desayunado juntos esa mañana y las bromas sobre la forma física de José, después de irse a subir y bajas escaleras no cesaron en todo el desayuno. Ava y Alex no podían reprimir las risas al ver como entró José por la puerta la tarde anterior, casi sin poder respirar y sudando a raudales, tenia la cara desencajada y le recomendaron que buscara otra forma de hacer deporte. – Esta te va a matar! – Le dijo Ava entre risas y carcajadas…

Sentado frente al ordenador, tecleaba el portátil sin pensar en lo que escribía, la cabeza le daba vueltas, ¿seria posible que Alex hubiera visto algo el sábado anterior?, ¿por qué se abrió ayer esa maldita puerta si el sábado estaba cerrada?, ¿qué extraña fuerza había cerrado la puerta de repente?… No encontraba respuestas y una vez pasado el susto solo quedaba la curiosidad de saber que escondía esa puerta. Se levantó de la silla y cerró la pantalla del portatil.

– Ava, ¿tienes un momento? –

La mujer levantó la vista del documento que había impreso un minuto antes y miró a José mientras asentía con la cabeza.

– Claro, ¿qué pasa? –

– Necesito enseñarte una cosa, ¿me acompañas abajo? –

– ¿Abajo, a la calle?, ¿recuerdas que estamos en el 4 día de confinamiento? –

– Si cariño, pero necesito enseñarte una cosa. Ayer vi algo y quiero asegurarme de que no me estoy volviendo loco. Además, no salimos del edificio, es bajar hasta el portal y subimos de nuevo. –

Ava miró extrañada a José, pero no encontró mayor problema.

– Bueno, supongo que si no salimos del portal… –

Se levantó de la silla, cogió las llaves y la mascarilla y se acercó a la habitación de Alex.

– Alex, enano, voy a acompañar a Papi al garaje, subimos en dos minutos. Sigue con la clase y no te despistes. –

El niño giró la cabeza, se recolocó los auriculares con los que escuchaba la clase y levantó la mano mostrando el dedo pulgar como confirmación.

José y Ava se pusieron la mascarilla y salieron al rellano. A esa hora se escuchaban los ruidos de la convivencia familiar de los vecinos, ruido de aspirador, alguien moviendo un mueble, extractos de conversaciones… Ava pensó que ninguna construcción estaba libre del cotilleo de los vecinos y escuchar ruidos cotidianos le hizo sentirse normal dentro de la anormalidad que estaban viviendo con la enfermedad que acechaba en el aire.

– ¿También hoy quieres bajar y subir por las escaleras? – El tono de sorna hizo sonreír a José detrás de la mascarilla.

– No creo que sea necesario. Y con el ruido de los vecinos dudo que alguno se percate del ascensor. –

Ava pulsó el botón del ascensor y esperaron a que llegara mientras escuchaban al vecino de la puerta 3 quejarse de lo difícil que resultaba comprar mascarillas por internet. El ascensor paró em el piso, entraron dentro y pulsaron el botón de la planta baja.

10:45 horas

Al llegar abajo y ver que José abría el portal, Ava le sujetó el brazo.

– ¿Dónde vas? –

– ¿Ves esa puerta de ahí fuera?, la que esta pintada del mismo color de la fachada. Quiero que la veas. –

– ¿Eso es una puerta?, creo que es la primera vez que me fijo en ella. ¿Esta es la puerta que comentó Alex el domingo? –

– Correcto. Yo tampoco me había fijado en ella hasta que Alex la señaló y no le di mas importancia al ver que la cerradura es triangular, la típica de los armarios de comunicaciones o de la luz o del agua. Ayer, cuando bajé las escaleras a ritmo de trote cochinero, me paré aqui mismo a beber agua y pausar pulsaciones. Me fijé en la puerta y estaba abierta, salí a ver porqué se había abierto y al agarrarla se cerró con fuerza. Del susto salí corriendo hasta la puerta de casa, por eso me visteis así. –

Ava miró a su marido con cara de circunstancia y con media sonrisa en su boca le tocó el brazo.

– Esta bien cariño, vamos a comprobar si hemos descubierto al monstruo del armario… Quizás nos hagamos famosos… –

José protestó pero, al mismo tiempo, Ava le agarró del brazo y le condujo a la calle. El frescor de la mañana le golpeó en la cara y, tras comprobar que estaban solos, no puedo reprimir el impulso de bajarse la mascarilla. Respiró profundamente y volvió a subirse la mascarilla. Fue directa a la puerta, agarró la manilla y la bajó para abrir la puerta. La puerta no se abrió.

– Bueno, ¿y ahora que?. Pensaba que se abriría, jajajajaja –

José caminó hasta la puerta del garaje, sacó la llave y abrió con cuidado la puerta, no quería hacer mucho ruido y alertar a los vecinos. Entró al garaje, el coche seguía allí, ocupando el mayor espacio del garaje. Se acercó a la parte trasera donde tenía las dos cajas de herramientas. Abrió la que parecía mas nueva y sacó la llave triangular que se olvidó el técnico del ascensor de su anterior vivienda. Salió del garaje, bajando despacio el portón.

– Esta llave abrirá la puerta, déjame que la abra de una vez y vea que coño pasa. –

José introdujo la llave en la cerradura y apretó hacia dentro mientras giraba la llave. Notó como la cerradura cedía y presionó la manilla para abrir la puerta completamente. Del interior salió un olor a humedad y los dos hicieron una mueca de desagrado. Ante ellos tenían una habitación de unos 8 metros cuadrados, cuatro de fondo y dos de ancho, totalmente a oscuras, pero no había ni un panel de comunicaciones, ni de luz, ni de agua, estaba vacía. José metió la cabeza para observar un poco mejor, pero Ava le detuvo.

– Coge la linterna, anda, tal y como huele esto prefiero que no entremos. –

José volvió al garaje, abrió de nuevo la puerta y de la misma caja de herramientas sacó una linterna LED recargable. Pulsó el botón de la parte inferior y se encendió. Volvió sobre sus pasos, cerró el portón de nuevo y se acerco a la puerta. Alumbró al interior de la habitación, no había nada, ni un mueble, ni una caja, nada…

Ava miró fijamente el suelo, allí había algo raro, le quitó la linterna a José y entró decidida a la habitación mientras iluminaba el suelo. A medio metro de la pared del fondo, clavadas en el suelo, había dos varillas de forja separadas entre ellas unos 10 centímetros y que sobresalían sobre el suelo otros 8 centímetros, como si el habitáculo aquel se hubiera quedado a medio hacer. Los extremos de las varillas tenían soldadas unas arandelas de unos tres centímetros de diámetro, parecían los ojos de dos agujas mirándose fijamente.

– José, mira esto. ¿Qué crees que es? –

Jose se acercó detrás de Ava para ver aquella forja mal terminada. Al llegar hasta ella pateó algo duro que salió despedido hacia la esquina derecha de la pared, sonando a metálico. Ava iluminó la esquina de donde vino el ruido y vieron otra varilla de forja, esta tenía dos ganchos en los extremos, como si unes dos signos de interrogación por los extremos rectos. José recogió la pequeña barra, media unos 10 centímetros y se notaba dura, pesaba en su mano.

Ava, entendió rápido lo que tenia delante, cogió la barra con los ganchos de la mano de José y la acercó a las varillas del suelo, introdujo el gancho izquierdo en el ojo de la varilla izquierda y el gancho derecho en la varilla derecha. Agarró con fuerza la barra, flexionó las piernas y tiró de ella. Una plancha de 2 centímetros de piedra y hierro se levantó desde el suelo dejando a la vista un hoyo sin fondo.