18 de Marzo de 2020
11:36 horas
El día había amanecido soleado y la luz del sol se colaba por la venta del despacho. José tenia permiso para teletrabajar durante el confinamiento. Trabajaba como consultor IT en una asesoría del centro de Alicante y la empresa decidió mantener a toda la plantilla operativa, tenían una cartera de clientes que debían prepararse, en tiempo record, para el teletrabajo y la disposición de los consultores resultaba indispensable.
Colgó el teléfono, era el cuarto cliente que le llamaba esa mañana para pedirle que se conectara en remoto a su casa y le configurara el acceso al servidor. Los cuatro clientes tenían un manual, redactado por él mismo una semana antes, y ninguno se lo había leído. – Cosas que pasan – Pensó…
Abrió la puerta del despacho y salió al pasillo, miró hacia la habitación de Alex, estaba sentado en su silla mirando fijamente la pantalla del ordenador donde su profesora estaba explicando alguna lección de matemáticas. Alex tenia los auriculares puestos y no pudo escuchar sobre que iba la lección. Tanto él como Ava estaban muy satisfechos con la rapidez de adaptación del colegio al confinamiento. Habían preparado una plataforma web para que todos los alumnos y sus profesores coincidiesen en un aula virtual donde podían verse las caras (los que tuvieran webcams) y les dejaban mantenerse conectados en el periodo de descanso, por si querían hablar entre ellos. En estos tiempos digitales era una ayuda para los niños, ellos entendían este encierro de una forma muy diferente a los adultos y poder jugar al Among Us mientras se acusaban de asesinos de monigotes a través de la pantalla del ordenador era casi como mantener la normalidad.
Dejó a Alex concentrado en la lección de matemáticas y se acercó al salón. Allí estaba Ava, leyendo en su mecedora, la luz entraba por los ventanales y la iluminaba radiante. Estaba vestida con vaqueros y camiseta, habían decidido que durante las horas de trabajo no llevarían pijama, José creía que estar vestidos de calle, aunque sea de manera informal, era una forma de mantener la concentración en el día a día y no dejarse llevar por el encierro.
Ava trabajaba como asistente al profesorado de la Universidad de Alicante y durante la pandemia, como no había clases en la Universidad, decidieron mandarles trabajo de procesamiento de datos para mantenerlos ocupados. Para alguien como Ava, con 15 años de experiencia a sus espaldas, eso del procesamiento de datos le duró dos días, ya había dejado terminado el trabajo semanal y ahora tocaba leerse uno de los mil libros que tenia pendientes. Levantó la mirada del libro y sonrió a José.
– ¿Cómo llevas la mañana?, oigo de fondo tus conversaciones y espero que te dure la paciencia… –
– La gente no cambia Ava, solo escuchan cuando ya es tarde, y sí, yo también espero que me dure. – Sonrió al terminar la frase. – Quiero intentar hacer algo de deporte mientras estemos encerrados. ¿Qué te parece si a media tarde salgo a las escaleras del Edificio y bajo a ritmo hasta el portal para volver a subir? –
– Me parece que algún vecino te va a oír y te va tocar das explicaciones… – Respondió Ava con media sonrisa.
– Es posible, por eso prefiero acostumbrar a los vecinos lo antes posible. – Guiñó el ojo derecho, ya tenia claro que lo iba a hacer.
José no era el mejor deportista del mundo, pero le pareció que ante la situación en la que se encontraban, pasar de la silla del despacho al sofá no era lo mejor para su cuerpo. La idea de subir y bajar escaleras no le parecía lo mas divertido, pero de momento le serviría para despejar la cabeza de tanto encierro.
17:58 horas
Se levantó de la silla del despacho, cerró el portátil y apagó el monitor auxiliar, por hoy ya tenía suficiente. José sabia que estos primeros días iba a ser el informático personal de casi todos sus clientes, al menos hasta que se acostumbraran a utilizar la herramienta de conexión remota que les habían proporcionado para trabajar desde casa como si estuvieran en sus propios despachos. Los casos de hoy pasaban por el que no se acordaba de que icono debía pulsar o que contraseña le habían puesto y se olvidaban de que ellos mismos la habían cambiado. Gajes del oficio…
Salió del despacho y entró a la habitación principal. Se quitó la ropa de trabajo y se puso la ropa de deporte, pantalón corto de algodón y camiseta deportiva. Su complexión delgada le hacia parecer atlético, pero al mirarse al espejo solo veía la protuberancia que le salía por encima de la cinturilla del pantalón, una barriga no muy exagerada pero que a José se le hacia inmensa. Era el momento de acabar con ella, se puso los calcetines y las zapatillas deportivas y salió hacia la cocina. Al pasar por el salón, Ava y Alex le jalearon mientras montaban el marco del puzzle del Gernika. José entro en la cocina, cogió el bidón de medio litro del Decathlon, que le había regalado Alex el año anterior por el día del padre y lo llenó con agua del grifo y un par de cucharadas de azúcar, estaba preparado para el esfuerzo.
Se acerco a Alex, le dio un beso en la coronilla e hizo lo mismo con Ava, no levantaron la cabeza del puzzle pero le desearon feliz esfuerzo. José cogió la mascarilla del mueble de la entrada y se la puso mientras abría la puerta de casa intentando no hacer mucho ruido. El silencio en el Edificio era imponente y no quería llamar la atención. Salió al rellano de la escalera y cerró con cuidado a su espalda. El rellano le esperaba en silencio, entraba un poco de luz exterior a través de las ventanas de las escaleras que estaban justo enfrente del ascensor. Observó las puertas de sus vecinos, no había ningún movimiento ni sonido, se acercó a la escalera, miró hacia arriba y hacia abajo, se quitó la mascarilla y empezó a bajar las escaleras con ritmo pausado.
Bajar del piso 10 al piso 5 le pareció un esfuerzo asequible, pero al llegar al segundo piso solo pensaba en como podría subir los pisos a la vuelta, se imaginaba agarrado a la barandilla y tirando de el mismo. Al llegar al portal pasó por su cabeza tocar el pulsador del ascensor, pero solo pensar en la vergüenza de que lo viera alguien en esas condiciones le hizo desistir.
Echó un trago de agua y miró a través de la cristalera del portal. El sol estaba poniéndose y las sombras cubrían todo lo que tenía a la vista. A la derecha veía las jardineras de la zona común, el suelo se estaba llenando de hojas caídas y si nadie las recogía acabarían tapando el suelo. A la izquierda estaba la zona de los garajes y las hojas también llegaban hasta allí. Buscó el numero 27 y todo parecía en orden, ni el suyo ni los demás tenían señales de que algún merodeador intentara abrirlos. Posó la vista en el armario de las telecomunicaciones, estaba cerrado pero algo llamó su atención, enfrente de su puerta no había hojas, es como si las hubieran arrastrado al abrir la puerta.
– Que extraño.. – Pensó.
Se puso la mascarilla y salió a la calle. Solo se oía la brisa moviendo las hojas de los arboles y una sirena lejana. Caminó hasta la puerta, agarró la manilla y la movió hacia abajo para comprobar que estaba cerrada. La puerta comenzó a abrirse. No se esperaba eso y tampoco se esperaba lo que pasó en ese momento, la puerta se cerró empujada desde dentro. José soltó la manilla y salió corriendo hacia el portal, sacó las llaves nervioso y abrió, entró dentro y cerró de forma inmediata. Miró de reojo al RITI, estaba cerrado, pero no pensaba quedarse allí ni un segundo más, se quitó la mascarilla y salió corriendo escaleras arriba…
